Facundo Cabral y Víctor Hugo: una verdad en doble tono

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Las letras siempre han sido un arma. Las ansias por comunicar, cuando trastocan espíritus sensibles, se transforman en palabras como escudo frente a la injusticia del mundo, son inevitablemente convertidas en cantos o historias, inevitablemente convertidas en arte militante. Decía Alí Primera que “cuando el cantante no es militante de la misma lucha a la cual canta, se convierte en simplemente un comediante de su propio espíritu”.

Cada 22 de mayo, se cruzan dos hechos memorables. Uno celebra el nacimiento de Víctor Hugo en 1802, quien en momentos de Revolución, denunció con total valentía la injusticia de un mundo dislocado por dos verdades: por un lado, la opulencia de un puñado de monarcas; por el otro, la multiplicación de los pobres de la tierra, realidad sobre la que tituló su obra más importante “Los Miserables”, que cruzó siglos de historia y tiene lamentable vigencia.

En Venezuela, con esa obra se celebró una de las más grandes dichas de la Revolución: la alegría de un pueblo que aprendió a leer, y al que Hugo Chávez la entregó como un tesoro para desempolvar verdades del mundo.

El segundo hecho, sacude de la manera más feroz. Es la historia de un maestro que a través de la palabra, esta vez hecha música, dedicó su vida a multiplicar la vida, y como ironía de la realidad humana, la suya terminó un día como hoy, en Guatemala, en las manos del odio en cuestión de segundos. Facundo Cabral, amor y sencillez en lo profundo de su canto:

“Me gusta la gente simple, que se levanta temprano, porque hay que limpiar la calle, pintar el frente al mercado; bajar del camión la fruta, repartir los telegramas, servir el café, la sopa, pescar, embolsar la papa; cortar el árbol preciso para hacer una guitarra con la que un día el cantor, caminará por la patria contando la gente simple, que sin ella no hay nada, ni siquiera la milonga que en el mundo me declara”.

No hay nada que pueda con la palabra. Aunque traten de apagarla, dejarla en el silencio, llenarla de temores, pisotearla, apresarla o disfrazarla; siempre encuentra un espacio para salir a denunciar, para salir a comprender o para salir a construir. Entre la felicidad y la tragedia, entre la imaginación o la realidad concreta, la palabra siempre ha sido un arma temida por las élites del poder cuando es tomada por hombres y mujeres para trastocar la historia.

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