Este artículo seguramente ya lo escribí en 2014. Casi que podría copiar y pegar cualquiera de mis textos de esos tiempos, cambiar el nombre de Nicolás por el de Delcy y estaría todo dicho.
Es que volvimos a 2013, 14, 15, 16… Volvimos a aquel tiempo fastidioso en el que la siempre inoperante izquierda perfecta, de lejitos, con asquito, se cree con derecho a juzgarnos. Volvimos a los legadólogos, los que entonces afirmaban entre indignados y compungidos que Maduro traicionó el legado de Chávez y que hoy, sin tapujos aseguran que Delcy traicionó el legado de Maduro. Vuelven los mismos con su triste cantaleta-pataleta-pantaleta, impoluta pero siempre hediondita a ego. Vuelven a medirnos, a descepcionarse de nosotros, a tratar de convencernos de que desviamos el camino porque su librito dice que las cosas no se hacen así como las hacemos. Dan sueño.
Opinadores distanciándose de nosotros en nombre de sus principios. La distancia siempre estuvo. El aire de superioridad también. Si alguien traicionó a la revolución venezolana fue esa izquierda, esos progres pendejos que jamás aceptaron a Chávez hasta que Fidel lo bendijo. Esos que en cada uno de nuestros momentos difíciles, y miren que han sido tantos, en lugar de ver cómo apoyarnos, se dedican a buscar una pelusa, un gesto, un detalle que les sirva de pretexto para echarnos en el charco del enemigo.
Esos que reducen la virtud revolucionaria a que un presidente gobierne en chancletas, legalice la marihuana, o se declare vegano porque pobrecitas las vacas. Ya lo hemos vivido.
La mezquindad contra la Revolución Chavista no nació en tiempos de Nicolás. El mismísimo Chávez les resultaba tan imperfecto: era brillante, sí, pero era «milico», y negro, alzao y jodedor, -¡qué falta de seriedad!- Pero lo peor es que no se dejaba tumbar. Chávez, para el relato de esa izquierda, que más que relato es lamento, tenía un defecto imperdonable: vocación de poder. en lugar de la tan deseable y rentable (para el relato) vocación de martirio. Y como Chávez, Nicolás.
A Nicolás lo atacaron desde el mismo día que Chávez nos dijo que era él. Si a Chávez le tiraban por los tobillos, a Nicolás le tiraron por el pecho. No le dieron ni un segundo de beneficio de la duda. Tampoco se sentaron, como nunca lo hacen, a entender el tiempo histórico que le tocó enfrentar. La izquierda regional, ciega, sorda y nunca muda, le dio la espalda a un hombre que luchaba. Nos dio la espalda al pueblo que luchaba con él, y ayudó con su asquito y su «pureza» a construir el relato contra Venezuela, contra nuestra democracia, contra nuestra lucha.
«Jalabolas, justificadores seriales, traidores del legado» nos decían, entre otras. Nos singularizaban y señalaban para hacernos sentir vergüenza de hacer lo que Chávez nos dijo que hiciéramos. «Que así no es». Pero es que para ellos nunca fue.



