El doblete sísmico que sacudió a Venezuela el pasado 24 de junio de 2026 dejó heridas profundas, visibles y dolorosas. Más de tres mil fallecidos, miles de heridos y una estela de destrucción estructural que va desde las costas de La Guaira hasta las urbanizaciones de Caracas, como Altamira y Los Palos Grandes.
Frente a la magnitud del desastre, la respuesta humana muestra el lado más digno de nuestra naturaleza. Sin embargo, hay otro tipo de escombro que no requiere grúas ni picos para ser removido, pero que contamina y obstruye con la misma fuerza el ambiente: la desinformación y la opinión irresponsable.
En los días posteriores al sismo de magnitudes 7.2 y 7.5, mientras el país intentaba asimilar el impacto, las redes sociales se inundaron de una réplica invisible pero destructiva. Vimos circular videos aterradores de edificios desplomándose en segundos, supuestamente filmados en el estado La Guaira, que en realidad correspondían a demoliciones viejas en Turquía o al terremoto de México de 2017. Vimos también falsas alertas de tsunami que desataron pánico innecesario en comunidades costeras que ya lidiaban con el trauma del sismo inicial, desinformación sobre el acceso a las zonas afectadas y llamados irresponsables a la rebelión.
El problema no es solo la falsedad del dato; el verdadero peligro radica en la instrumentalización de la tragedia a través de la opinión ligera.
Cuando la desinformación se utiliza para alimentar agendas particulares, para generar indignación calculada o para monetizar interacciones a base de clics y algoritmos sedientos de impacto, la palabra se convierte en residuo. Opinar desde la comodidad de una pantalla, magnificando el desorden o inventando caos donde se necesita coordinación humanitaria, es una forma de violencia pasiva contra quienes hoy viven en campamentos provisionales o buscan desesperadamente a sus familiares.
En momentos de crisis extrema, la información no es un bien de consumo ni un arma de debate: es un servicio público de primera necesidad. La ligereza con la que se difunde el contenido falso demuestra que, a veces, la empatía cotiza más bajo que un retuit. La reconstrucción de Venezuela no solo implicará levantar el hormigón y reforzar las estructuras; exigirá también limpiar el debate público de esos escombros informativos que nos impiden ver la realidad con claridad y respeto.



