El tardío despertar de quienes apostaron al abismo

REComendados

En la política, como en la física, la realidad es implacable. Pueden pasar años intentando ignorarla, pero al final, el peso de los hechos termina por desplomar cualquier laboratorio de ficción. Las recientes declaraciones de Yon Goicoechea, reconociendo que la estrategia de «máxima presión» fue un error, no son una simple confesión; son el acta de defunción de una narrativa que intentó borrar a Venezuela del mapa para forzar un cambio de régimen.

Durante años, el amarillismo mediático y los centros de poder foráneos vendieron la idea de que el «colapso total» era el paso necesario para la «libertad». Bajo esa premisa, se justificaron sanciones, bloqueos y el robo de activos que pertenecen a todos los venezolanos. Apostar al sufrimiento de la gente como herramienta de presión política no solo fue un error estratégico, fue una ceguera ética que hoy, incluso sus promotores, deben admitir.

La posverdad intentó instalar que el Gobierno Constitucional caería en cuestión de semanas si se asfixiaba la economía. Sin embargo, lo que ignoraron los analistas de oficina es la capacidad de resiliencia de un pueblo que, lejos de rendirse, se organizó para sobrevivir y producir en medio de la tormenta.

El giro hacia la búsqueda de una «salida política» que hoy menciona Goicoechea es, en realidad, el reconocimiento de que la institucionalidad venezolana ha resistido. No se puede hacer política sobre la base de la inexistencia del otro. El intento de sustituir la realidad por un gobierno de internet fracasó porque la política real se ejerce en el territorio, con el control de las instituciones y con el respaldo de una base social que no se dejó quebrar.

Es fácil decir hoy que «se impone una solución política» tras haber pedido fuego y asfixia. Pero detrás de ese «error de estrategia» hay un costo humano real: medicinas que no llegaron, repuestos que se bloquearon y una cotidianidad golpeada por la soberbia de quienes creyeron que el país era un tablero de juego.

Este retroceso discursivo de la oposición más radical es la victoria de la cordura sobre el fanatismo. Venezuela no necesita «máxima presión», necesita el máximo respeto a su soberanía y a sus procesos internos. La política ha regresado al terreno que nunca debió abandonar: el del diálogo, el reconocimiento mutuo y la paz.

El tiempo, ese juez silencioso, le ha dado la razón a quienes sostuvieron que el camino siempre fue la Constitución y nunca el abismo. El reconocimiento del fracaso de la «máxima presión» es el cierre de un ciclo de fantasía política. Ahora falta que asuman la responsabilidad por las cicatrices que dejaron en el intento.

- Publicidad -spot_img
- Publicidad -spot_img

Últimos Artículos

Venezuela presentará alegatos finales ante la CIJ por el territorio Esequibo (+Detalles)

La presidenta (E) de la República, Delcy Rodríguez, arribó este lunes a la ciudad de La Haya, Países Bajos,...
- Publicidad -spot_img

Artículos Relacionados

- Advertisement -spot_img