Cuando la naturaleza jaquea la orgullosa modernidad

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por: Enrique Dussel.

 

Estamos experimentando un evento de significación histórico mundial del que posiblemente no midamos su abismal sentido como signo del final de una época de larga duración, y comienzo de otra nueva Edad que hemos denominado la Transmodernidad. El virus que ataca hoy a la humanidad por primera vez en su milenario desarrollo, en un momento en el que puede tenerse conciencia plena de la simultaneidad (en tiempo real) verificada por los nuevos medios electrónicos, nos da que pensar en el silencio y aislamiento auto impuesto de cada ser humano ante un peligro que muestra la vulnerabilidad de un castillo de naipes que vivimos cotidianamente como si tuviera la consistencia de una estructura invulnerable. El hecho ha producido un sin número de reacciones de colegas filósofos y científicos porque llama profundamente la atención. Queremos agregar un grano de arena a la reflexión sobre el sobrecogedor acontecimiento.

La Humanidad, al menos el homo sapiens desde hace unos 200 mil años, ha logrado desarrollarse históricamente venciendo innúmeros obstáculos para  lograr su sobrevivencia. Se inserta en un proceso iniciado, se vamos al origen, al llamado Big Bang (acontecido hace unos 15 mil millones de años), al momento de la solidificación de la Tierra (hace 5 mil millones de años), de la vida (hace unos 3.500 millones de años que comenzó a transformarse en Gaya, es decir, modificando la vida la corteza terrestre, creando la atmósfera y protegiendo a la biosfera para que los rayos ultravioletas no pudieran destruirla. Hace unos 70 millones de años aparecieron los primates, y por último, el mismo homo sapiens (la noosfera de T. de Chardin u hoy denominada el Antropoceno o Edad del ser humano sobre la Tierra).

Con el Neolítico (hace unos 15 mil años) la humanidad comenzó a transformarse de nómada en urbana, creando las primeras aldeas o ciudades, posibles gracias a la organización de un doble parasitismo: del vegetal (con la agricultura) y del animal (con el pastoreo). Como vivientes los humanos debimos alimentarnos de vegetales para lograr proteínas y otras sustancias que solo ellos producían. Comenzó así una inevitable entropía (el pasaje de un bien de uso a una cosa inútil, sin posible nuevo uso) que significó el destruir los bosques, que producían oxígeno, para transformarlos en campos de cultivo agrícola. Como omnívoros los humanos matamos y nos alimentamos de animales no humanos (fue un primer tabú negar la antropofagia). Así nacieron y crecieron las grandes civilizaciones urbanas del Neolítico en Eurasia, África y América.

Allá por el 1492, Cristóbal Colón, un miembro de la Europa latino-germánica descubre el Atlántico, conquista Amerindia y nace así la última Edad del Antropoceno: la Modernidad, produciendo además una revolución científica y tecnológica, que dejó atrás a todas las civilizaciones del pasado, catalogadas como atrasadas, subdesarrolladas, artesanales. Lo denominaremos el Sur global; y esto hace solo quinientos años.

Esa espléndida Edad del Mundo inaugurada se relacionará a la Naturaleza metodológicamente gracias a Francis Bacon (1562-1626) por su obra Novum organum (1620), y desde el manifiesto filosófico de René Descartes (1596-1650) en El discurso del método (1637), constituyó a la indicada Naturaleza como una cosa observable o explotable, casi infinita por su recursos, y como objeto manejable por un demiurgo humano constituido como un sujeto sin límites de conocimiento o manipulación de ese objeto: la Naturaleza. Para Descartes el ser humano es “un alma a la que le es indiferente tener un cuerpo”, afirmando así un dualismo radical. El cuerpo, como la Naturaleza, es una “cosa extensa” (res extensa); es decir, una realidad cuantitativa, no teniendo importancia la cualidad y la vida. Se la interpretaba como una maquinaria conocida privilegiadamente por la matemática. Esta Naturaleza es así un objeto cognoscible, manejable, explotable. La física e transforma en la ciencia fundamental. El ser humano funda su privilegio en el “yo pienso”, que conoce, que se sitúa en un nivel teórico ante objetos naturales cuantificables a nuestra entera disposición.

Con estos supuestos transcurrieron los siguientes siglos. El “yo europeo” produjo una revolución científica en el siglo XVII, una revolución tecnológica en el XVIII, habiendo desde el siglo XVI inaugurado un sistema capitalista (cuya racionalidad última es el aumento cuantitativo de la tasa de ganancia en cualquier inversión en el mercado que se efectúa gracias a la obtención de un plusvalor por parte del obrero) con una ideología moderna eurocéntrica (como superioridad cultural, estética, moral, política, etc.), colonial (porque esa Europa era el centro del sistema-mundo gracias a la violencia conquistadora de sus ejército que justificaban su derecho de dominio sobre otros pueblos), patriarcal (porque el macho blanco dominaba a la mujer en Europa y a las mujeres coloniales de color como en México), y, como culminación, el europeo se situó como explotador sin límite de la Naturaleza.

En efecto, los valores positivos inigualables de la indicada Modernidad, que nadie pude negar, se encuentran corrompidos y negados por una sistemática ceguera de los efectos negativos de sus descubrimientos y sus continuas intervenciones en la Naturaleza. Esto es debido en parte por el desprecio por el valor cualitativo de la Naturaleza, en especial por su nota constitutiva suprema: el ser una “cosa viva”, orgánica no meramente maquínica; no es solo una “cosa extensa”, cuantificable. La ciencia de referencia ahora deja de ser la física y pasa a ocupar su lugar la biología, y como momento central cósmico la neurobiología: el cerebro humano. El cerebro humano es el organismo viviente más complejo del universo conocido. Pero, además, la Naturaleza no es un mero objeto de conocimiento sino que es el Todo (la Totalidad) dentro del cual existimos como seres humanos: somos fruto de la evolución de la vida de la Naturaleza que se sitúa como nuestro origen y nos porta como su gloria, posibilitándonos como un efecto interno (“sus hijas e hijos”) y, por ello, no metafóricamente, la ética se funda en el primer principio absoluto y universal: ¡el de afirmar la Vida en general, y la vida humana como sus gloria!, porque es condición de posibilidad absoluta y universal de todo el resto; de la civilización, de la existencia cotidiana, de la felicidad, de la ciencia, de la tecnología y hasta de la religión. Mal podría operar alguna acción o institución si la Humanidad hubiera muerto.

Hoy, la Madre naturaleza (ahora como metáfora adecuada y cierta) se ha rebelado; ha jaqueado (como cuando se da un “jaque mate al rey” en el ajedrez) a su hija, la Humanidad, por medio de un insignificante componente de la Naturaleza (Naturaleza de la cual es parte también el ser humano, y comparte la realidad con el virus). Pone en cuestión a la Modernidad, y lo hace a través de un organismo (el virus) inmensamente más pequeño  que una bacteria o una célula, e infinitamente más simple que el ser humano que tiene miles de millones de células con complejísimas y diferenciadas funciones (que llegan a millones). Es la Naturaleza la que hoy nos interpela : ¡O me respetas o te aniquilo! Se manifiesta como un signo del final de la Modernidad y como anuncio de una nueva Edad del Mundo, posterior a esta civilización soberbia moderna que se ha tornado suicida. Como clamaba Walter Benjamin había que aplicar el freno y no el acelerador necrofílico que en dirección al abismo.

Se trata entonces de interpretar la presente epidemia como si fuera un bumerán que la Modernidad lanzó contra la Naturaleza (ya que es el efecto no intencional de mutaciones de gérmenes patógenos que la misma ciencia médica e industrial farmacológica ha originado), y que regresa contra ella en la forma de un virus de los laboratorios o de la tecnología terapéutica. La interpretación intentada indica que el hecho mundial, nunca experimentado antes y de manera tan globalizada que estamos viviendo, es algo más que la generalización política del estado de excepción (como lo propone G. Agamben), la necesaria superación del capitalismo (en la posición de S. Zizek), la exigencia de mostrar el fracaso del neoliberalismo (del “Estado mínimo”, que deja en manos del mercado y el capital privado la salud del pueblo), o de tantas otras muy interesantes propuestas. Creemos que estamos viviendo por primer vez en la historia del cósmos, de la Humanidad, los signos del agotamiento de la Modernidad como última etapa del Antropoceno, y que permite vislumbrar una nueva Edad de Mundo, la Transmodernidad (de la que hemos expuesto algunos aspectos en otros artículos y libros), en la que la Humanidad deberá aprender, a partir de los errores de la Modernidad, a entrar en una Nueva Edad del Mundo donde, partiendo de la experiencia de la necro-cultura de los últimos cinco siglos, debamos ante todo afirmar la Vida por sobre el capital, por sobre el colonialismo, por sobre el patriarcalismo y por sobre muchas otras limitaciones que destruyen las condiciones universales de la reproducción de esa Vida en la Tierra. Esto debiera ser logrado pacientemente en el largo plazo del Siglo XXI que solo estamos comenzando. En el silencio de nuestro retiro exigido por los gobiernos para no contagiarnos de ese signo apocalíptico… tomemos un tiempo en pensar sobre el destino de la Humanidad en el futuro.

 

Enrique Dussel

Filósofo argentino.

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