Buitres con Wi-Fi

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Dicen que la primera víctima de una catástrofe es la verdad, pero en la era de la hiperconectividad, la primera víctima suele ser la ética de los grandes medios y creadores de contenido. Cuando la tierra se mueve y la incertidumbre acecha, la lógica humana más básica dictaría que un micrófono o una pantalla deberían servir para calmar, orientar y salvar vidas. Pero no. Para las corporaciones de la información y los mercaderes del desastre, un terremoto no es una emergencia humanitaria, es una oportunidad para acumular clics, interacciones y facturar. Son, literalmente, buitres con Wi-Fi.

¿Por qué mienten con tanta soltura mientras la gente levanta escombros? La respuesta corta es que el miedo vende. Un titular equilibrado que reporte que una zona está bajo control y atendida no genera tráfico web. En cambio, inventar que hay caos generalizado, usar un video de un derrumbe o asegurar que «no hay capacidad de respuesta» activa el algoritmo de inmediato. Mientras una familia pasa la noche en vela cuidando a los suyos, un ejecutivo de medios o un influencer de la tragedia cuenta cuántas reproducciones logró el último rumor de la tarde. El dolor ajeno es una mercancía muy rentable cuando se cobra por visualización.

Pero detrás de la monetización digital hay una intención bastante más perversa: el quiebre psicológico. Saben perfectamente que un pueblo aterrorizado, desconfiado e individualista es incapaz de reaccionar. Inocular la mentira de que el vecino te va a robar o de que estás completamente solo busca destruir la solidaridad orgánica, esa que se activa en nuestras comunidades de forma natural cuando pasa algo malo. Quieren imponer la ley de la selva digital para que nadie se organice.

Y el remate, por supuesto, es la clásica receta de la intervención. Necesitan pintar un cuadro de destrucción absoluta e ingobernabilidad para poder venderle al mundo la matriz del «Estado fallido». Les urge demostrar que aquí nadie sabe qué hacer para justificar que vengan los tutores internacionales a «salvarnos». Les indigna y les descuadra el libreto ver al pueblo de a pie, a un jefe de calle o a los bomberos coordinando la contingencia con disciplina técnica y sentido de patria.

Por eso, insistimos que el respeto a nuestro pueblo se demuestra con rigurosidad. Atender la crisis en la calle es un acto de justicia social; defender la verdad en las redes es una obligación ética frente a los mercaderes del desastre. La mentira profundiza el caos, pero la certeza y la organización popular los vuelven a poner en su sitio.

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