El día que fuimos a comprar en “Las Tienditas”

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Por: Ramón Centeno 

 

-¿Hijo dónde estás?

-Bendición mamá. Todo bien. Aquí en Caracas.

-Cuídate mucho. La gente anda muy agresiva en la calle.

Aún se escuchaban las turbinas del avión cuando llamó. Dios te bendiga hijo, respondió. Había aterrizado en el estado Táchira. El calor nos daba la bienvenida y la expectativa de una jornada que prometía “invasión, ayuda humanitaria y agresión”, se hacía cada vez más cercana.

22 de febrero. Eran casi las 3 de la tarde cuando pisamos el asfalto de “Las Tienditas”, el lugar por donde pasaría la “ayuda humanitaria” prometida por los adversarios de Nicolás Maduro. “Esa ayuda va a entrar sí o sí”, amenazaban días antes.

A unos 300 metros se escuchaba alegre la mexicana Paulina Rubio, se sentía orgullosamente venezolana. Cantó, su voz sigue siendo un mito. Eso sí, no la pude ver, no lo lamenté. Al parecer no usó guión para cantar. Eso me alivió.

Los invitados al jolgorio organizado en la hermana República de Colombia, gritaban al aire: ¡libertad! ¡libertad! Y le seguían los estruendos del golpear de manos. Del lado venezolano, una nube se asomaba, saludaba y se retiraba.

A Paulina, le hacía contrapeso el autor de la canción La Bomba. “Sensual, un movimiento sensual, sensual. Un movimiento muy sexy…para bailar esto es una bomba y la mujeres lo bailan así…”. A diferencia de los invitados a la fiesta convocada por el Grupo de Lima, aquí los asistentes pedían por la paz.

¡Llegó Diosdado!, anunciaban los muchachos de la juventud del PSUV de Mérida.

Y con ustedes: ¡Maluma!, presentaban desde el estudio de CNN en Estados Unidos con señal en vivo desde Cúcuta.

“Aquí ningún soldado extranjero puede poner un pie en suelo venezolano y el que lo haga corre un gran riesgo. Los que quieren guerra no lo van a lograr”, fue lo primero que soltó el primer vicepresidente del Partido Socialista Unido de Venezuela al ser abordado por los medios de comunicación.

-¿Qué va a pasar mañana?, le preguntó Madeleine García –corresponsal de Telesurquien se secaba el sudor del implacable sol tachirense.

-¿Mañana? Nada. Mañana es 23 de febrero y seguiremos trabajando. Luego lo que viene es Carnaval y los vamos a disfrutar.

Diosdado a un lado de la tarima con Freddy Bernal, Motta Domínguez y Rodbexa Poleo, hablaba de Marco Rubio, Donald Trump y Mike Pompeo con la misma seguridad con la que afirmaba: Por este suelo no pasará ninguna supuesta ayuda humanitaria.

¡Buenas tardes parceros!, se escuchó a lo lejos, justo a unos 50 metros de los tres contenedores que dividían los conciertos. ¡Que viva la libertad en Venezuela!, vociferaba Maluma como preámbulo de la canción Felices los Cuatro.

En el puente “Las Tienditas” -del lado de Venezuela- la gente se iba aglomerando progresivamente. Se hicieron las 7 de la noche y de aquel lado solo quedaba el recuerdo del abrazo entre Chino y Nacho. La sorpresa “más anunciada” por Juan Guaidó.

A las 12 de la noche terminó el concierto denominado “Para la Guerra Nada”. Fulanito y su guayando le dieron la bienvenida al 23 de febrero. Las carpas nos esperaban y una larga vigilia que se extendió hasta las 4 de la madrugada daba paso a una nueva página en la historia de Venezuela.

El cansancio era inevitable.

“¡Epa! ¡epa!, antes de acostarnos debemos organizar la agenda: lo primero es despertar a las 6 AM con el Toque de Diana y la entonación del Himno Nacional. Luego actividades deportivas y recreativas a lo largo del puente. Nervios de acero muchachos”, ordenaba Rodbexa, con la misma voz con la que rapea.

Rodbexa andaba de un lado a otro. Se resistía a dormir. Recibía información de todas partes. A las 4:20M la vi meterse en una carpa justo a cinco “casas improvisadas” de la mía. El frío se colaba, el silencio de la noche se escapa entre el monte que inquietaba el sueño y los ronquidos de un militante juvenil.

Las provisiones eran galletas, atún y agua. Pocos fueron los que se bañaron. “Aquí venimos a luchar por Venezuela”, se escuchaba entre la juventud del partido creado por Hugo Chávez.

Llegó el día

Espaldas endurecidas con el asfalto. Dedos convertidos en cepillos dentales y rostros cubiertos de esperanza: Leales siempre, traidores nunca.

7 de la mañana. Entre Freddy Bernal y Dennys Guedez –este último Comisionado de Seguridad de la JPSUV- solo había una diferencia: la edad. Ambos sabían que sobre sus hombros recaía una enorme responsabilidad de defensa.

Una gorra roja con la inscripción PSUV en blanco. Zapatos deportivos. Camisa negra y encima un chaleco que dejaba al descubierto lo resuelto que estaba ese día. “Yo vine a defender a mi país ¡Carajo!, soltó Dennys en la zona fronteriza de Ureña con Cúcuta.

La agenda planteada la madrugada del 23 no se cumplió.

-Muchachos tenemos los primeros reportes. 7:50 de la mañana. Dos militares tomaron par de tanquetas y enfilaron hacia el puente Simón Bolívar aplastando las barreras dispuestas en la vía.

8:30 de la mañana. Hay grupos que empiezan a concentrarse. Muchos andan encapuchados y armados. La orden es mantenernos unidos y no escuchar rumores.

“Como ratas”

A escasos metros de la concentración de la JPSUV estaba un puesto de control de la Guardia Nacional Bolivariana que además, servía de punto de información. Las señales móviles estaban interrumpidas. En ese mismo sitio uno de los soldados se acerca y le dice al compañero: se acaban de volar 15 más.

“La vaina se está poniendo fea”, advirtió otro soldado que mantenía su arma en el pecho.

Rodbexa, lesionada en una rodilla, se mantenía arengando a los jóvenes: por este punto no puede pasar el fascismo. Ya eran las 10 de la mañana. Galletas de soda, sorbos de agua y adrenalina alimentaban los pasos.

Un vecino se me acercó: hijo tengan cuidado. En este sitio los pueden emboscar. Hace poco encontramos material de guerra enterrado.

-Aló

-¡Epa mamá!, bendición. Estoy bien. Estamos marchando aquí en Caracas.

-Te mando la bendición. Por favor no te vayas a ir para esos puentes. La televisión informa que la situación está delicada.

-Tranquila madre. Estamos bien en la capital.

11 de la mañana. Apertrechados con voluntad no se permitiría el ingreso del terrorismo a la ciudad. “Ay muchachos déjenme pasar. Allá arriba hay mucha gente tirando tiros”, era una anciana que pasaba entre nosotros y anunciaba enfrentamientos a pocos metros del punto donde estábamos.

Un funcionario de la GNB nos detalló: todo está controlado por allá arriba. Al instante, la Secretaria General de la juventud del PSUV recibió una llamada: tenemos que irnos al puente Las Tienditas ¡ya!

¡Atención! Mujeres embarazadas a la tarima. Mujeres que sufran de nervios a otro lado. Despejen toda el área. Hombres al frente. Las primeras bombas lacrimógenas fueron detonadas. Las entradas al puente estaban tomadas por los participantes de la marcha convocada por la oposición.

Guaidó, autoproclamado Presidente, amenazaba con entrar con la ayuda humanitaria. Freddy Bernal volvió, caminó y llegó hasta Las Tienditas, el punto límite. “No podemos caer en provocación. Pretendía simular un ataque de Venezuela hacia Colombia y lo que sucedió fue que vimos correr dos ratas (en alusión a los dos militares que salieron hacia Colombia). No podemos darle la oportunidad que ellos quieren”.

El pueblo habló con Maduro a las 12:20 del mediodía

Justo detrás de los contenedores hablamos por celular con el presidente Nicolás Maduro. “Saludos mi Comandante en Jefe”, soltó el MG Manuel Gregorio Bernal quien pidió silencio porque estaba recibiendo una llamada del Jefe de Estado.

-¿Cómo está la situación allá?, preguntó Nicolás.

-Todo controlado Presidente. Ya hemos liberado una de las zonas que se encontraba tomada por algunas personas. Cero bajas.

-Gracias a Dios, respondió el Presidente y pasó a saludar al pueblo.

-El Comandante les manda un abrazo de solidaridad.

A Nicolás se le escuchaba sereno. Preguntó por la situación en varias zonas del estado Táchira y luego de la información, cerró la llamada.

Todos al piso

Un cerro tímido. Una gran cruz hacia su empinado ascenso decoraba la vista. Entre monte seco y otro naciente, se escondía una ráfaga de tiros. Así que, el bullicio callejero se vio interrumpido por el ruido de disparos seguidos de los gritos de la gente.

¡Al suelo! ¡al suelo!, decían los más cercanos. Fernando Ríos, otro comisionado de la Dirección Nacional de la JPSUV, se lanzó al piso y fijó su oído para determinar de dónde provenía la ráfaga de tiros.

Yo corrí unos 200 metros sin mirar a los lados. No paré a instrucción alguna. Sentía que me perseguían las balas y como reacción de sobrevivencia, escapé hasta no escuchar el ruido del accionar de las pistolas.

Fernando desapareció, o tal vez fui yo. Al rato nos volvimos a encontrar: Francisco Fonseca, comisionado del tema Electoral, también escuchó aquellas detonaciones. Fonseca y Ríos coincidieron en la necesidad de mantenernos juntos “para evitar ser tomados por sorpresa”.

A Yasneidi Guarnieri, miembro de la Dirección Nacional de la Juventud, también la vi correr convencida de salvar su vida. Algunos de los estudiantes la acompañaron para luego seguir incorporados a la “batalla por la dignidad de Venezuela”.

¡Dictadores! ¡dictadores! Gritaban los manifestantes, quienes con piedras y botellas en manos atacaban a los GNB. Los uniformados estaban alineados en un cerco humano evitando una confrontación.

Humo, no cualquier humo. Los ojos ardían. Lagrimeaban los ojos y la tos se apoderaba de la tranquilidad. Los encapuchados retrocedían y nosotros aplaudíamos. Los hombres y mujeres detrás del armazón verde nos pedían agua. Estaban secos.

Resistieron. Fueron 15 horas de combate por la tranquilidad del país. El sonido de las ambulancias no paraba y la angustia de algunos padres llegó hasta Las Tienditas: ¡Mi hijo! ¡Dios! Se lo llevaron de aquel lado. Lo van a picar.

Las botellas seguían partiéndose en los escudos de los militares. Los recipientes de vidrio saltaban por el aire como hojas secas traídas por el viento. Los soldados incólumes. Resistiendo y avanzando.

En otro punto del estado Táchira estaban estudiantes secuestrados en escuelas. Bidones de gasolina pasaban de mano en mano. Las capuchas tapaban su dignidad y una de las gandolas con la “ayuda humanitaria” y material estratégico para la guarimba era incendiado por los pirómanos en un abrir y cerrar de ojos. Una nube densa de color negro llegaba hasta el helicóptero de la Policía de Colombia que sobrevolaba la frontera. Parecía una película filmada a pedazos.

6:30 de la tarde. “Los Gladiadores de Táchira” aparecieron de un costado. Siempre estuvieron en el anonimato. Estaban como escudo humano frenando cada insulto y cumpliendo con la máxima de la unión cívico militar. Su presencia fue el preludio de una victoria: la Batalla de las Tienditas ha finalizado.

Un héroe anónimo de la paz comentó, luego de quitarse la máscara antigas: me movía el apoyo moral de la gente. Escuchar la voz del pueblo en defensa de la patria me hacía seguir. No lo dude ni un minuto.

La dirección nacional de la juventud del PSUV sabía administrar las potencialidades de cada uno de sus integrantes: serenidad, proeza, dinamismo, táctica, estrategia e inteligencia. Cada uno aportó a la causa justa. Nadie claudicó, ninguno pensó en retroceder. Se convirtieron en héroes y heroínas de la patria. Así quedó inscrito.

Todos aplaudimos y nos abrazamos. Chocamos las manos. Rodbexa al frente: maltratada por el sol y naturalmente cansada. Pero allí seguía dando órdenes: Se les reconoce que tienen días guerreando, se les reconoce que tienen días defendiendo, tal y como nuestros patriotas, y no me canso de decirlo: nos tocó a nosotros, 200 años después, como le correspondió a Bolívar, a Ribas, a Sucre. Y no nos vamos a rendir porque nuestros hijos también se merecen una patria soberana.

Siguió lanzando frases: Se lo merece Chávez que dio su vida. Se lo merece Nicolás que nunca se ha quejado y ha sido un hombre que ha recibido ataques desde el primer día. Por eso, sigamos alertas. Se los pido.

¡Vámonos para el puente Simón Bolívar!, allá está la juventud de Caracas, soltó la líder de la juventud revolucionaria.

A plomo trancado

8:30 de la noche. Seguía siendo 23 de febrero. Ni más ni menos. El camino hacia San Antonio del Táchira duró unos 55 minutos sin los disparos. Con las detonaciones se hizo eterno.

En la cabina de la camioneta iban dos chamos de seguridad de los miembros de la Dirección Nacional de la Juventud, a quienes en los últimos días han amenazado por las redes sociales. Iba Leonardo Montezuma, comisionado nacional juvenil y viceministro de Venezuela. La brisa golpeaba de frente: era un aire escalofriante.

-¿Viste esa imagen?, preguntó uno de los “Gladiadores de Táchira”, señalando hacia la oscuridad.

-Yo no vi nada, pero sí escuché una voz extraña, respondió otro.

A Leonardo lo acompañaba un silencio ensordecedor. Meditaba o quizá rezaba. Iba distraído o con sueño. Estaba estirado, sus piernas largas ocupaban horizontalmente una gran parte de la camioneta.

Por mi parte, pensaba en lo difícil del día. “Y yo que quería realizar un curso de comando. Con esto, es prueba superada”, creía, hasta que el sonido de los golpes de unas piedras empezó a caer sobre nosotros como teloneras de un concierto de balas.

Los pistoletazos se escucharon en todo el ambiente. Me lancé y caí sobre una mesa de madera que usé como escudo protector. Me tocaba la barriga y la cabeza. Sentía que botaba sangre. Dios mío me dieron, pensé. Pero no. Solo quedó en la sensación.

Leonardo seguía entumido entre el acero de la camioneta. Volvió en sí a los minutos: nacimos nuevamente, expresó sin muecas y siguió en silencio.

¡Bienvenidos a San Antonio del Táchira!

9:50 de la noche. Las calles estaban vestidas de guerra: pedazos de palos, cabillas, vidrios, cauchos quemados, pintas en las paredes y barricadas. Olía a pólvora. El clima estaba como detenido. La gente se asomaba tímidamente por las ventanas mientras nos veían pasar.

Dos perros huesudos husmeaban entre los escombros. Aún salía el humo de las maderas y en cada esquina estaba el sello de lo que se vivió más temprano: asedio y amenaza.

A las 10:20 de la noche entrompamos. Había pueblo atrincherado en el puente Simón Bolívar –justo del lado venezolano- y entre ellos, se encontraba la juventud caraqueña. Rodbexa Poleo, acompañada por Jorge Pérez, Arnaldo Sánchez, Dennys Guedez, Yocsen Alvarado y Fernando Ríos abrazaron la valentía de esa juventud que enfrentó la agresión por más de 10 horas. Unos cuantos heridos nos llevamos a la ciudad capital.

Mañana nos vamos a casa bien temprano, se escuchó una voz ingenua.

Llegó el 25

7: 00 AM ¡A levantarse!

8:00 de la mañana. 25 de febrero. El sol jugaba al escondite. Aparecía y desparecía. Las calles seguían en letargo. La gente en sus casas. Afuera el mismo ambiente lúgubre: nos señalaban al pasar. Fijaban el dedo índice por la ventana y curucuteaban.

10:00 de la mañana. Los colombianos le seguían protestando a Iván Duque desde el otro lado del puente. Los carajitos armados empezaban a quemar un transporte de agua, luego de desvalijarlo. Se asomaban entre el container y retaban a la GNB: vengan, lleguen hasta aquí para matarlos.

12:10 del mediodía. Apareció Diosdado nuevamente. Nunca dejó de estar. Gorra de un Curso Táctico de Motorizado prendía en su cabeza ocupada por una extensión de canas. Franela roja y una camisa verde olivo. Se acercó hasta el puente como retando a los pocos guarimberos que quedaban.

-Capitán vamos a llegar hasta aquí porque le puede alcanzar un objeto contundente.

-No, yo quiero llegar más allá. Este territorio es venezolano.

Así lo hizo. A su lado, y como desde el inicio, aparecieron los rostros de la juventud venezolana.

“Venezuela ha obtenido una nueva victoria de paz gracias a la unión del pueblo y la Fuerza Armada Nacional Bolivariana”, pronunció Diosdado, el hombre de los momentos difíciles, luego de las escaramuzas. Detrás de él se levantaba un tipo, se quitó la capucha y logré ver su rosto encarbonado: se parecía a Lorent Saleh. Sacó su dedo del medio y lo levantó como señal de frustración.

Diosdado terminó y se acercó hasta la franja que contenía la entrada de los que pretendían pasar la “ayuda humanitaria”. Se quedó solo unos segundos, veía a su frente y no dejaba de observar el container azul que servía de escudo de unos desalmados. ¿Qué estaría pensando?

Volteó, tomó una bandera y gritó: leales siempre, traidores nunca.

6:00 de la tarde. Rumbo a Caracas. Despedimos territorio gocho.

La llamada

9:00 de la noche.

-¡Buenas noches hijo! ¿Cómo te sientes? Me he sentido nerviosa todos estos días

-Por aquí todo está bajo control madre mía

– ¿Sigues en Caracas?

-Sí, mamá. De aquí no me he movido.

-Nos vemos para Carnaval y nos abrazaremos. Tenemos mucho de qué hablar.

-Dios te cuide hijo. Te quiero

-Yo te amo.

Caracas, la de los techos rojos

25 de febrero. 10 de la mañana.

-Hermano ya estamos en Caracas.

-Y Nicolás sigue siendo Presidente, aseveré.

A propósito del relato cronológico:

Dedicado a los hermanos y hermanas de la Juventud del Partido Socialista Unido de Venezuela, quienes con mística, heroísmo y lealtad demostraron con acción de qué están hechos. En el Táchira se vivieron momentos muy difíciles. Estoy seguro que este camino allanado servirá para fortalecer el carácter y la convicción de que estamos del lado correcto de la historia.

A los [email protected] que se desplegaron en los estados Bolívar y Falcón. A ellos, un reconocimiento especial. Supieron defender la patria.

A mi madre, porque ya perdió un hijo y saber que podía perder al que le queda, sería arrugarle la vida.

Algún día sabrá de esta crónica.

A los que no se atrevieron.

A los eternos amigos: Hugo, Nicolás y Diosdado.

A Nicolás Ernesto Maduro Guerra, porque él, también nos acompañó.

A la lealtad hecha hombre y mujer. Ingrediente principal en esta batalla por la verdad.

A la Revolución Bolivariana.

Y por último, a Trump. Sí, a ti. Léelo y sabrás de qué estamos hechos.

Ramón Centeno

@elboligrafo

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