Cómo fue que me enamoré de Chávez | Por: Marlon Zambrano

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Confieso que me enamoro de las causas perdidas, los parias sin remedio, las almas desoladas, los espíritus en conflicto, los escenarios apocalípticos y las vastas soledades del paisaje. Me enamoro de los desesperados y los desvalidos, de quienes marchan a la deriva porque no tienen más remedio y cargan sobre sí el peso del escarnio.

Cuando era muchachito, me enamoraba de los relegados del recreo. Ese rebaño de carajitos realengos que las fuerzas gravitacionales de la popularidad excluían y dejaban postergados de la cantina, de la indulgencia de la maestra, de los mejores pupitres, del vaso de leche escolar.

En quinto grado de primaria organicé una logia de protectores quijotescos que le buscaban peo a los buscadores de peo, sobre todo a los que atemorizaban a los “raritos”. Llámese así al que llegaba despeinado y con lagañas, el negrito azulado, la muchachita regordeta, el que se aparecía con la chemise del colegio manchada de grasa, el que cojeaba, el amanerado, la más zorra, el peor estudiante, el nerd.

No éramos una pandilla de filántropos jugando a ser héroes, sino que teníamos conciencia en torno a nuestros privilegios de gente “normalita” frente al cruel destino de los diferentes, desfavorecidos por una sociedad que premia lo anodino. Más de una vez organizamos reyertas barriobajeras para ajusticiar a los más chalequeadores con sus mismas armas y su propia ley.

Desterrado de los amigos fraternos y las causas quiméricas en la adolescencia, uno crece y no le obedece más a los instintos para darle paso a la racionalidad pausada, que encuentra camino entre las prioridades personales, siempre egoístas y despojadas de sentido de trascendencia.

Chávez no me gustó para nada aquel 4 de febrero de 1992. Uno que ya pisaba los escenarios movibles de la UCV, llegó a pensar que se trataba de un militar más, de aquellos que se levantaban por entonces en otras regiones del cono sur asqueados por los niveles de corrupción e impunidad de los gobiernos títeres del Fondo Monetario Internacional (FMI), pero que en realidad remiten al recuerdo amargo de las dictaduras de los años 50, 60 y 70 en todo el continente.

Aquel hombrón parecía untado por la pátina del autoritarismo, distintivo de la bota militar, y su prédica era ininteligible para los oídos poco habituados al discurso patriotero de izquierda, sodomizados como andábamos por entonces con la comodidad de nuestras dudosas ventajas de estudiante acomodado, atraído por la seducción mediática de la cultura pop, desclasados que llegamos a creer que por comprar un carrito y un apartamento ya éramos dueños de los medios de producción.

Realmente fue el coquito que le metieron a Tarek William Saab mientras era detenido por la Policía Metropolitana durante las primeras horas del golpe de abril de 2002, lo que nos renovó el espíritu justiciero. Los comentarios abiertamente racistas contra Aristóbulo Istúriz, el corte de la electricidad frente a la embajada de Cuba en Las Mercedes, la coronación de Pedro Carmona Estanga como cabeza visible del gobierno de facto y sobre todo, el Chávez triste pero erguido que se despedía de su tren ministerial en Miraflores, para ser trasladado a destino desconocido aquella madrugada falaz del 12 de abril bajo amenaza de iniciar los bombardeos sobre palacio. Gracias a ese espectáculo progresivo pudimos reconocer a los viejos promotores del bullying intentando someter, como cuando éramos chamitos, a los más débiles.

La virilidad intacta

Uno se enamora de las ideas. En la fase sapiosexual de todo enamoradiz@, se cree reconocer en la sabiduría del otro un reino de virtudes que romantizamos mientras dure la ilusión. Chávez nos pobló de mariposas amarillas el vientre y nos hizo emocionarnos con el consuelo de su presencia diaria.

Era un amor bestial, que encontraba en sus palabras alivio, guía, diversión, regocijo y esperanzas, mientras todos los otros amores de la vida se iban quedando rezagados en la trastienda del corazón, víctimas de la molienda que implica la rutina.

Virtualmente, junto a él conocimos a toda Venezuela y parte del mundo. Nos fijamos en la historia, reconocimos a los verdaderos héroes, afianzamos la madurez, nos casamos con lo justo, repasamos la literatura universal y hasta le metimos el diente a los manuales de autoayuda con esa pirueta absurda del Oráculo del guerrero.

Chávez nos demostró que uno se puede enamorar de un tipo con la pasión de una quincenañera y mantener en vilo la dureza de su hombría, con ternura y sin rubor.

 

MARLON ZAMBRANO

ÚN.

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