De guerra, geopolítica y nuevos órdenes globales | Por: Arantxa Tirado

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En estos días en que la guerra en Ucrania ha vuelto a poner de moda la palabra ‘geopolítica’ en los medios de comunicación, conviene detenerse a reflexionar sobre cómo esta disciplina nos puede ayudar a entender los conflictos bélicos.

La geopolítica clásica nació bajo acusaciones de servir para la justificación de las acciones imperiales y gozó de muy mala prensa durante décadas por su vinculación al pensamiento militar. Sin embargo, es una herramienta que permite identificar los elementos estructurales que condicionan el comportamiento político de los actores internacionales. En tanto estudio del pensamiento estratégico que está detrás de la toma de decisiones del poder político relacionadas con el territorio, el espacio y los recursos, la geopolítica se concentró en la acción de los Estados.

Estos siguen siendo los principales actores implicados en una estructura de poder jerarquizada, determinada por el desarrollo económico y la evolución histórica de las relaciones entre ellos. Mediante las instituciones y normas internacionales de mutuo reconocimiento, los Estados buscan un equilibrio en el sistema internacional para evitar la anarquía, caos y competición que, para las escuelas teóricas realistas o marxistas, es característica central del orden internacional. Cuando no se logra el equilibrio o se rompen los acuerdos, aparece la guerra. La guerra puede verse como una excepción o como una tendencia inevitable del sistema. Depende de qué englobemos en su definición y en qué parte del mundo nos situemos, tendremos diferentes respuestas.

El caso de la guerra en Ucrania nos permite comprobar cómo, en función de dónde pongamos el foco, la explicación del origen del conflicto será distinta. Así, mientras que para la mayoría de la gente que se informa en los principales medios de comunicación este ha estallado con la invasión rusa de 2022, para muchos ucranianos el estado de guerra se remonta a 2014.

La guerra en Ucrania nos lleva, asimismo, a debates geopolíticos de otros tiempos. Los pactos verbales entre los Estados Unidos de América (EEUU) y la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS) que acompañaron el fin de la Guerra Fría se han quebrado con la paulatina ampliación de la OTAN hacia el Este.

El resultado final, alertado por diversos especialistas de las relaciones internacionales, ha sido la ruptura del difícil equilibrio de seguridad existente. La reacción desaforada de la Federación de Rusia ante la posibilidad de la entrada de Ucrania en la Alianza Atlántica ha acabado siendo la “profecía autocumplida” que compromete, sin duda, la imagen rusa ante la opinión pública occidental mientras favorece los intereses de EEUU. Pero ¿cómo puede beneficiar una guerra en Europa a EEUU? La respuesta está en la pugna geopolítica y en los intereses geoeconómicos que acompañan la expansión de los Estados y sus empresas, sea por la vía territorial o por la vía de los negocios.

Aunque no sea la única, la búsqueda de la preeminencia económica a través del control de los recursos o neutralizando bloques comerciales antagónicos es una de las claves geopolíticas detrás de todo conflicto.

En esta lógica se encuentra el uso de la economía como arma de guerra. Sin embargo, se habla poco de este tema. Los documentos estratégicos de EEUU llevan años visualizando a Rusia como una amenaza. La Estrategia de Seguridad Nacional de la administración Obama, publicada en 2015, establecía la “capacidad única” de EEUU para “movilizar y liderar a la comunidad internacional” ante desafíos crecientes, entre los que estaba la “agresión de Rusia”, al mismo nivel que la seguridad cibernética, el cambio climático y el brote de enfermedades infecciosas.

Uno de los problemas destacados con Rusia, segundo exportador de petróleo y gas del mundo, era la “dependencia europea del gas natural ruso y la voluntad de Rusia de utilizar la energía con fines políticos”. A la vez, EEUU celebraba su propio liderazgo como principal productor de gas y petróleo en el mercado energético mundial y la reducción de su dependencia del petróleo extranjero. La producción estadounidense, a diferencia de la rusa, era presentada como algo positivo para “mantener los mercados bien abastecidos y los precios propicios para el crecimiento económico”.

La dependencia energética de Europa respecto de Rusia era vista como un problema de seguridad que llevaba a EEUU a “promover la diversificación de combustibles y rutas de energía”, aun a costa de sacrificar el interés económico de sus aliados europeos. Por eso, en 2019, bajo la presidencia de Donald Trump, EEUU promulgó una Ley de Protección de la Seguridad Energética Europea que sancionaba a empresas y particulares involucrados en la construcción del gasoducto ruso Nord Stream 2, que conectaba a Rusia con Alemania.

En julio de 2021 el Gobierno de Biden acordó con Alemania que uniría esfuerzos con EEUU para la contención de Rusia en apoyo a Ucrania y a la soberanía energética europea, incluyendo sanciones al sector energético ruso “para limitar las capacidades de exportación rusas a Europa en el sector energético”. Con el estallido de la guerra, EEUU ha logrado superar las reticencias previas de algunos Estados de la UE y que la Comisión Europea acuerde la “acción europea conjunta para una energía más asequible, segura y sostenible” (REPowerEU). Uno de los resultados de la guerra en Ucrania es que varios países de Europa van a dejar ahora de comprar gas ruso para comprar gas a Estados Unidos a un precio más caro.

No obstante, desde que empezó la guerra, líderes europeos y estadounidenses como Joe Biden, Josep Borrell, Ursula Von der Leyen o Jens Stoltenberg, seguidos por gran parte de los opinólogos mediáticos, han planteado la necesidad de que Europa combata a Rusia en Ucrania como una lucha entre “autócratas” y “demócratas”.

Esto no es más que la construcción de un relato que sirve para presentar, como en otras guerras, un mundo binario donde el “bien” se enfrenta al “mal” pero que omite los elementos geopolíticos y geoeconómicos que guían el comportamiento de los actores políticos. Se busca el respaldo social yendo a lo simple y emocional porque pedirle a la población que apoye esfuerzos bélicos para contener geopolíticamente a Rusia, máxime si hay que hacerlo a costa de sacrificios económicos y vidas humanas, es más difícil.

Pero, como alerta la empresa estadounidense de inteligencia Stratfor –poco sospechosa de ser prorrusa–, este discurso no logra ocultar que muchos de los aliados de EEUU y la UE no son democracias y se necesita negociar con ellos. El contraste genera preguntas incómodas cuando se demuestra que las afinidades o enfrentamientos geopolíticos no están fundamentados en elevados valores éticos sino en simples y puros intereses. Que le pregunten, por cierto, a Nicolás Maduro qué valores ha tenido que cambiar para que EEUU se siente con él a negociar la venta del petróleo venezolano después de años de proscripción y acoso a la Revolución bolivariana. Sacar del mercado a las empresas energéticas rusas ha hecho que EEUU y la UE se olviden de Juan Guaidó y la “lucha por la democracia” en Venezuela. Cosas de la geopolítica.

Tratar de explicar las disputas geopolíticas detrás de los conflictos actuales pasa por desnudar las cuestionables acciones que todo Estado imperial realiza para imponer su dominio en un sistema internacional que se encuentra en transición. El paso a un nuevo orden liderado por China, el principal “competidor estratégico” de EEUU, cuya contención es prioritaria en la nueva Estrategia de Seguridad Nacional de 2022, no se prevé pacífico. Pronto escucharemos sobre el peligro que supone la Nueva Ruta de la Seda china para la seguridad mundial. Podremos entonces creer que el problema para EEUU es el ataque a los valores que dieron lugar al orden institucional posterior a la Segunda Guerra Mundial y su sustitución por un nuevo orden liderado por autocracias o “democracias iliberales”. O podremos creer que el problema es que Estados como China o Rusia tienen proyectos geopolíticos propios que socavan el liderazgo global de EEUU. De hecho, pudiéramos creer en las preocupaciones éticas estadounidenses ante los crímenes de otros países si no fuera porque su clase dirigente no tiene inconveniente en que otros surtidores energéticos, como su aliada Arabia Saudí, mantengan una posición preeminente en el mercado mundial petrolero a la vez que bombardean población civil de terceros países como Yemen o asesinan con impunidad a algunos de sus propios periodistas críticos.

Aunque cueste verlo desde Europa, desde hace mucho tiempo EEUU ha perdido el liderazgo moral entre la mayoría de países del Sur Global. Un Sur Global que ha comprobado que no hay igualdad efectiva en el sistema internacional pues el poder se dirime, en última instancia, a través del uso de la fuerza y el derecho internacional es papel mojado desde el momento en que la soberanía de sus Estados es vulnerada si sus pueblos no eligen a mandatarios dóciles a los intereses hegemónicos. Ahora que la invasión de Ucrania nos ha sensibilizado a todos con las dramáticas consecuencias de las guerras en las poblaciones civiles y los peligros de violar la legalidad internacional, es urgente recordar que el respeto al derecho internacional no debería ser un acto enunciativo y parcializado sino una exigencia a todos los actores internacionales, con independencia de su peso. Mientras esto no se realice y las víctimas de unas guerras sean más importantes que otras en función de quiénes son nuestros aliados y nuestros intereses en los conflictos, o unos crímenes deban ser más perseguidos porque los realizan nuestros enemigos geopolíticos, la credibilidad de nuestros líderes políticos, periodistas o analistas continuará en entredicho.

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