La memoria no es un expediente, carta abierta a Cilia Flores | Por: Carolys Pérez

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Tal vez podría estar escribiendo estas palabras con la conciencia de saber que capaz y no la llegues a leer, podría dejarla en el archivo de la computadora donde la escribo y dejarla allí, pero no, estimada camarada, compañera Cilia Flores, escribo esta carta en público porque lo que hoy se intenta hacer contigo no ocurre en privado. Ocurre a la vista de todos y forma parte de una pedagogía del castigo que el poder necesita exhibir para sostener el nefasto relato de la victoria.

Para quienes te sabemos, reconocemos que tu trayectoriapersonal en la política venezolana no puede reducirse, a solo ser compañera, ni a la caricatura ni a un expediente judicial. Has cargado responsabilidades que no suelen reconocerse cuando las asume una mujer; has sido diputada, presidenta de la Asamblea Nacional, operadora política en momentos de altísima presión institucional, figura central en la defensa de un proyecto histórico asediado. Has asumido responsabilidades que no suelen perdonarse cuando recaen en una mujer, y menos aún cuando esa mujer no pide permiso para ejercer poder.

Hannah Arendt recordaba que “el poder surge cuando las personas actúan juntas”. No es un atributo individual, sino una relación. Por eso hoy no se te ataca solo a ti, sino a lo que representas: una mujer que ha estado en el centro del ejercicio político real, no como figura decorativa, sino como parte activa de una construcción colectiva.

Resulta elocuente —y profundamente revelador— cómo ahora intentan reescribirte, en las ilustraciones de las presentaciones, en los relatos mediáticos, pretenden presentarte como una mujer vencida: avejentada, debilitada, triste, incluso golpeada. Ese retrato no es casual. Forma parte del capital simbólico de la guerra cognitiva: despojar al adversario de su potencia histórica, reducirlo a cuerpo frágil, a imagen derrotada, para que el castigo sea también pedagógico y colectivo. No basta con encarcelar el cuerpo,hay que erosionar la imagen, vaciarla de autoridad, convertirla en advertencia.

Desde esa perspectiva tambien recuerdo a Arendt dejando claro que “nadie tiene derecho a obedecer”. Y sin embargo, lo que los paladines de la guerra esperan de ti y de nosotras y nosotros como pueblo es obediencia perceptiva: aceptar sin cuestionar la imagen de una mujer reducida a ruina, como si la historia, tú historia pudiera borrarse mediante ilustraciones de derrota. Pero ya conocemos la estrategia: cuando una mujer ya no sirve al relato dominante, se la envejece, se la entristece, se la vuelve irrelevante.

Pero como todo en la vida de los opresores, sus operacionestienen límites. Las mujeres que hemos sostenido procesos políticos sabemos que la revolución no es un gesto épico permanente, sino una acumulación de decisiones difíciles, de costos personales, de persistencias incómodas. Nuestra responsabilidad histórica no es agradar ni tranquilizar conciencias, sino no retroceder ante el intento de disciplinamiento simbólico, teniendo bien fresca en la conciencia que somos el sujeto historico llamado a hacer Revolución.

Esta no es una carta de absolución ni de idealización. Es una toma de posición. Nombrar la guerra cognitiva es desarmarla parcialmente, reconocer el legado político de una mujer es impedir que la historia sea reescrita solo por quienes hoy detentan el aparato punitivo.

La dignidad política no se diluye en los titulares de un juiciotramposo y la memoria no se cancela con una imagen. La historia, nuestra historia, tú historia —aun golpeada— sigue mirando y nosotras y nosotros la miramos de frente.

¡No estás sola!
¡Venceremos, palabra de mujer!

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