Si usted cree que la salud mental se consigue respirando fuerte en una habitación silenciosa mientras el mundo se cae a pedazos, tenemos malas noticias: usted no está sano, está en negación. Hoy analizamos desde la alegría, por qué la rumba colectiva es más efectiva que muchas técnicas psicobanales importadas.
Olvidémonos por un momento de la Piedra Filosofal que buscaba Nicolás Flamel. Querer convertir plomo en oro es una ambición alquímica básica, eurocéntrica y, francamente, aburrida. En estas latitudes tropicales, donde la realidad supera a la ficción (y a la dosis máxima permitida de antidepresivos), hemos desarrollado una tecnología mucho más avanzada para la transmutación de la materia psíquica: La Guarapita Filosofal.
Sí, querido lector, siéntese en su silla ergonómica —o en el tobo volteado del patio— y hablemos de salud mental colectiva sin tanto eufemismo clínico y con más “sazón”.
La psicología tradicional, esa que huele a alfombra vieja y factura en moneda dura, insiste en vendernos la idea de que la salud mental es un deporte individual. Nos bombardean con conceptos como «gestión emocional», «resiliencia personal» y “neo estoicismo».
Pero, seamos honestos: intentar estar «sano» usted solo, aislado, mirando al techo color crema mientras el entorno colapsa, no es salud. Es una neurosis de mantenimiento. Es entrenar para correr un maratón dentro de un ascensor.
Aquí es donde entra nuestra protagonista: la Guarapita Filosofal como metáfora suprema de la intervención comunitaria.
Nota Aclaratoria: No estoy haciendo apología al consumo etílico (bueno, quizás un 15% con fines académicos). Me refiero al RITUAL.
Nadie, absolutamente nadie en su sano juicio, prepara 20 litros de guarapita para sentarse a ver Netflix solo. Sería sociopático. Este brebaje es, ontológicamente, un llamado a la tribu, es una comunión que exige la presencia de la otredad.
En el preciso momento en que el vaso plástico pasa de mano en mano, ocurre el verdadero milagro terapéutico: la disolución del «Yo sufrido” en el «Nosotros» rumbero. Es una transferencia de cargas psíquicas que ni Freud hubiera podido sistematizar.
La «Cayapa» como Antidepresivo Endógeno
Si usted busca en el DSM-V (el manual sagrado de los psiquiatras), no encontrará aun a la «soledad» como patología. Ya que no saben cómo cobrar por ella.
El venezolano, operando bajo una sabiduría de supervivencia darwiniana, inventó la vacuna contra el aislamiento: La Cayapa.
Desde mi postura como psicólogo clínico comunitario o algo parecido, defino la Cayapa no como un tumulto, sino como un mecanismo de Afrontamiento Compartido.
• ¿Se cayó la pared? Cayapa.
• ¿Hay que limpiar el terreno? Cayapa.
• ¿Te dejó tu pareja? Cayapa de despecho.
Es matemática simple aplicada al drama humano: Cuando el problema se divide entre veinte, la angustia toca a menos por cabeza. La cayapa convierte la tragedia individual en una épica colectiva. Ya no eres «la víctima»; eres parte de un comando de élite armado con palas, machetes y, si hay suerte, un cuatro y cantos para alegrar.
Se puede entender Algún terapeuta malhumorado de Viena podría decir que el humor negro del venezolano es «evasión de la realidad». ¡Falso!
Reírnos de la desgracia mientras compartimos un sancocho no es negar el problema; es Resiliencia Cognitiva de Alto Espectro. Es mirar al abismo, guiñarle el ojo y decirle: «Tú serás muy profundo y oscuro, pero aquí hay música y la gente trajo hielo». Es quitarle poder al trauma para que no nos coma vivos.
Entonces podemos decirle al vecino, luego de este artículo, mi psicólogo me dijo: menos coaching, más sancocho. Para cerrar esta disertación clínico-festiva, se hace necesario entender, que la salud mental en Venezuela no se va a lograr encerrándonos a meditar sobre nuestros traumas infantiles mientras el entorno colapsa. La salud está afuera. Está en el compadre que llega sin avisar, en la vecina que te pasa el café, en la “vaca” que se arma en cinco minutos para comprar lo que falta. La Guarapita Filosofal nos enseña que la verdadera magia no es vivir eternamente, sino tener con quién compartir la vida, por muy “complicada” que esta se ponga.
Porque como reza el viejo axioma de la psicología criolla: Pena compartida es media pena, pero alegría compartida… esa vaina sí es salud.
Nota del Autor: Este artículo no sustituye la terapia profesional, pero es mucho más barato y divertido. Si los síntomas persisten, organice una parranda inmediatamente.



