Lo que atravesamos como pueblo venezolano no es una reacción emocional aislada ni un problema de carácter. Es estrés colectivo inducido. Tras el bombardeo del 3 de enero, el impacto no fue solo material: fue psicológico, simbólico y político y como lo sabemos en la arquitectura contemporánea de los conflictos, ese es el objetivo central, pues desde hace bastante rato las guerras ya no se libran únicamente sobre territorios; se libran sobre la percepción, la moral y la capacidad de los pueblos para sostenerse en el tiempo.
La mejor manera de ilustrarlo es visitando la psicología social y las neurociencias que describen con claridad este fenómeno. Ante eventos violentos e inesperados, las comunidades entran en hiperactivación del sistema nervioso: miedo persistente, irritabilidad, dificultad para concentrarse, sensación de amenaza constante. Es una respuesta humana, predecible y estudiada. Precisamente por eso, es utilizada como herramienta de la guerra cognitiva: alterar el clima emocional colectivo para erosionar la cohesión social y quebrar la voluntad política sin necesidad de ocupación directa.
El comandante Chávez lo advirtió tempranamente cuando insistía en que la moral es un frente de batalla decisivo. No hablaba de optimismo ingenuo, sino de soberanía emocional. Sabía que cuando un pueblo pierde la calma y la claridad, comienza a perder también su capacidad de decidir. La provocación, el miedo amplificado y la incertidumbre sostenida buscan eso: desorganizar por dentro.
En este contexto, cuidarse no es replegarse. Es resistir con inteligencia. La evidencia científica es contundente: las redes de apoyo social son el principal factor protector frente al trauma colectivo. Comunidades que hablan, se acompañan, mantienen rutinas, comparten información confiable y se organizan, reducen el impacto del estrés y fortalecen su resiliencia. La resiliencia comunitaria no es una consigna; es una capacidad construida en el vínculo, en la cooperación cotidiana, en la confianza compartida.
Las mujeres vuelven a ocupar un lugar central en este momento histórico. No por mandato biológico, sino por realidad social. Son ellas quienes, en muchos hogares, están conteniendo a hijos e hijas que no comprenden del todo lo que ocurre, pero que perciben con claridad el clima emocional. La ciencia del desarrollo infantil es clara: los niños no necesitan silencios ni dramatizaciones; necesitan explicaciones honestas, afecto, límites al bombardeo informativo y adultos emocionalmente disponibles. Ese trabajo invisible es hoy una primera línea de defensa colectiva.
No perder la moral no significa negar el miedo. Significa no permitir que el miedo gobierne nuestras decisiones. Significa regular el cuerpo, pensar en conjunto, no caer en la fragmentación que el adversario necesita para avanzar. La guerra cognitiva apuesta al aislamiento, a la desconfianza mutua, al agotamiento. La respuesta debe ser exactamente la contraria: organización, cuidado, pensamiento crítico y afecto político.
El escenario internacional exige decirlo sin ambigüedades: la desestabilización emocional de los pueblos es hoy una táctica aceptada en los manuales de conflicto. Nombrarla no es victimismo; es defensa. Comprenderla es recuperar agencia y sobretodo resistirla es sostener la dignidad.
Venezuela no es un pueblo frágil. Hemos sido un pueblo sometido a una presión extraordinaria, que una y otra vez ha demostrado capacidad de recomposición. Nuestra historia está hecha de golpes y de respuestas, de heridas y de comprensión colectiva, cada vez que han intentado quebrarnos por dentro, hemos encontrado en el abrazo, en la organización y en la conciencia una forma de seguir.
Hoy, más que nunca, cuidarnos es una tarea política. Abrazarnos en medio del miedo no es rendición: es negarnos a entregar nuestra vida emocional como botín de guerra.Aquí seguimos con la moral en el sitial de honor, juntas y juntos, pensando, sosteniéndonos, resistiendo, como siempre, como cada vez… Nosotras y nosotros venceremos, ¡palabra de mujer!



