por Enrique Ochoa Antich

No puedo asegurar que sea su última oportunidad sobre la tierra, como la de Macondo, pero empiezo a sospechar que ya no habrá otra.

-Bye bye, Mr. Guaidó, dice Trump, agitando un pañuelito blanco, a las puertas de la Casa Blanca.

Una sonrisa de satisfacción se dibuja en el rubicundo rostro de Donald J. Ha redituado de la presencia de este suramericano para sus fines reeleccionistas. “Votos de Florida, venid a mí”, parece farfullar el presidente enjuiciado. ¿Invadirá? ¿No invadirá? Difícil saberlo. Aplicará sanciones cada vez más gravosas, eso por seguro. Pero por ahora, el emperador tiene asuntos más domésticos que atender. Un socialista entrado en años y un gay veterano de Irak, Sanders y Buttigieg, se disputan el honor de batirlo en noviembre.

Se aleja la limusina negra por la avenida Pensilvania. Va en ella el visitante ilustre (es un decir). ¿Medita acaso el diputado que se dice presidente de nada acerca del acertijo del porvenir? ¿O más bien se refugia en la letanía del “cese” y demás babiecadas? ¿Vislumbrará acaso la encrucijada que lo espera a su retorno? ¿Se mirará a sí mismo pisando Maiquetía, recibiendo en la cara una bocanada del aire caliente de esta tierra, puesto en la disyuntiva de escoger?

Dos vías se abren ante él:

1a. Puede, claro que sí, insistir tercamente en el error. Es lo que seguramente hará. Dejarse arrastrar al desbarrancadero por su corazón extremista y por el chantaje insufrible del mariacorinismo irredento. Elevar la presión al costo que sea. Apelar al postrero delirio: CNE paralelo, elecciones paralelas, gobierno paralelo. Pura fantasía. Tentar así, al modo libio, una intervención militar gringo-colombo-brasileña, única (y deleznable) opción de victoria que le resta.

O, 2a vía, podría empinarse sobre sí mismo, sacudirse la extorsión del radicalismo infecundo, pensar, pensar por una vez, y construir otra política. Un golpe de timón, se llama. Regresar a la ruta democrática: voto, siempre; diálogo, siempre; Constitución, incluso para cambiarla; protesta, sólo pacífica; soberanía, nunca tutelaje. Convocar a votar en las parlamentarias: organizar la maquinaria, buscar los recursos, concertar las primarias, elegir los candidatos, debatir el programa. Mucho, mucho por hacer… ¡y ya estamos en febrero! Claro, eso supone un balance: rendir cuentas a su gente, explicar el viraje, admitir los errores, repudiar el abstencionismo, abjurar de las guarimbas, rehusar de las sanciones, desechar el golpismo, renegar de una intervención militar gringa. Difícil, muy difícil, habida cuenta del engranaje de compromisos e intereses que a estas alturas lo posee, lo gobierna, lo manda. El doctor Fausto debe pagar su deuda: al diablo no se le vende el alma impunemente.

Su zona de confort está en la 1a de estas dos vías: en ella es él mismo, allí están sus amigos, no hay deslinde, no hay ruptura, no hay bronca. La 2a, supone reinventarse, y ello implica, antes, la dialéctica de negarse a sí mismo, para lo que se requiere coraje, mucho coraje, por eso resulta improbabilísima. Pero ésa es, sin ninguna duda, su última oportunidad. Lo demás es sumirse en la penumbra de la peor historia, donde lo mejor será el muy probable fracaso y el olvido, y lo peor la indignidad eterna de llegar al poder sentado sobre las bayonetas gringas.

Hora de escoger.

Enrique Ochoa Antich

Político venezolano.

@eochoa_antich

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