Decía Cicerón: “No pueden los embellecimientos del lenguaje ser encontrados sin un orden y una expresión de los pensamientos, ni pueden los pensamientos estar hechos para brillar sin la luz del lenguaje”.

¡Aquel discurso! Con aquella conexión tan portentosa entre cerebro y lengua, le ganaron rápidamente a Robert Serra, un lugar en el Olimpo de la vertiginosa política venezolana de los últimos años. Es absurdo sostener que un hombre debería estar avergonzado de ser incapaz de defenderse con sus extremidades,  pero no de ser incapaz de defenderse con el discurso y la razón, el uso del discurso racional, es más distintivo del ser humano que el uso de sus piernas.

Pero subamos las cosas un peldaño: Robert hablaba no desde el corazón, hablaba con el corazón. Por eso quedaba ese regusto como de buen vino en la boca, al oírlo palabrear como un embrujado, al escucharlo defender aquellas cosas hermosas que lo impulsaban a ser lo que era y que lo animaban a no darse por vencido jamás. Una página muy ancha de la historia del proceso revolucionario bolivariano, está impresa con su vida y con su obra. Y está impresa de manera indeleble.

Hablar de Robert Serra Aguirre es, si lo hacemos como él lo hacía, una placentera experiencia, un viaje hedonista lleno de recuerdos tan policromáticos y tan diversos, que no basta para sentir que se hizo el homenaje merecido.

Lo  recordamos en medio de los cacerolazos recurrentes a los que el sifrinaje de la UCAB lo sometía cada vez que transitaba por los pasillos. Como respuesta, Robert solo levantaba la voz más alto, más fuerte. Lo recordamos recorriendo las calles, feliz, pletórico de alegría, empapado en sudor propio y sudor ajeno, estrechando manos, consolando pesares y atendiendo súplicas, siempre con una mirada que dejaba traslucir que allí adentro había un alma generosa y diferente.

Era un político de verdad, uno en los que la búsqueda del poder no tenía otro leitmotiv que no fuera entregarlo todo por los otros. Logró inaugurar una página inusitada en el inventario político de la patria, Robert es, y lo decimos sin vacilar, el primer político joven que trasciende años y años de indiferencia institucional por la juventud, el primero en ser protagonista estelar de una escena reservada hasta ese momento, solo para los consagrados de largo trajinar.

Serra remonta la empinada cuesta de su corta edad ganándose, con velocidad meteórica, el respeto y la atención de propios y ajenos. Porque cuando hablaba,  no asistíamos tan solo al maravilloso espectáculo de verlo avasallar las mentiras de los canallas, la gente le prestaba atención a la profundidad de sus comentarios, de esa manera, todo un país llegó a amarlo entrañablemente.

Algunas veces las concesiones que la vida nos regala, se quedan en pañales ante el precio que nos exige. No hay balanza justa para medir eso. No hay forma de conformarnos con el  ¿y que se le va a hacer? No. Robert nos invita a luchar ardorosamente, a destruir molinos de viento y deshacer entuertos, nos impulsa a vibrar, a respirar disfrutando en cada aliento de la magia de estar vivos.

¿Se puede ser joven y se puede ser apasionado, exitoso y profundo? No… Se debe ser joven solo si se es apasionado, exitoso y profundo.

Suele mirarse a la juventud como una etapa para aprender, para empaparse y para prepararse de cara al viaje de la edad madura. Robert nos enseñó, nos preparó y nos formó desde su juventud. De haber llegado a la edad dorada, Robert Serra sería poco menos que un erudito.

Gracias y feliz cumpleaños querido hermano, aquí estamos felices de contar con un manual para hacer las cosas de manera correcta: Tu vida y tu ejemplo.

 

 

 

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