Cuando Hugo Chávez pronunciaba: “Juro ante Dios, ante la patria y ante mi pueblo, sobre esta moribunda Constitución, que haré cumplir e impulsaré las transformaciones democráticas necesarias para que la República nueva tenga una Carta Magna adecuada a los tiempos” asestaba un duro golpe en las entrañas del monstruo imperial y sus aliados, dejaba claro su intención de desmontar el statu quo del puntofijismo, y comenzaba a asegurarse la atención del mundo entero.

La locación de aquel juramento era, por supuesto, el hemiciclo del hoy fallecido Congreso Nacional; cuyas paredes habían asistido en los últimos 40 años a la consecuente representación de un ballet orquestado para mantener una dinámica de corrupción, pillaje y saqueo al erario público, escándalos de toda  Ese antiguo congreso era el elemento clave que permitía a los “desgobiernos” de turno, rodearse de una impostura operativa: un marco de falsa institucionalidad democrática y judicial. A fin de cuentas, había que mantener las apariencias.

En política, los errores se pagan caros. Lo sabemos. La revolución aprendería una de sus más valiosas lecciones (quizás la más valiosa de todas) al perder estrepitosamente la mayoría parlamentaria en aquel sombrío diciembre de 2015. El Presidente Nicolás Maduro anunciaba con tono entristecido, pero con la dignidad y valentía que lo caracterizan, que tenía que venir una nueva etapa de la Revolución. Sospechamos que ni siquiera el Presidente imaginaba el enorme y agitado vendaval que se cernía sobre el futuro inmediato de la patria: devastador, demoledor, ciclónico, un viento de odio y violencia de fuerza multiplicada empezaba a recorrer Venezuela. Paradójicamente una institución pensada para garantizar la paz y el ejercicio de la democracia, sería el epicentro desde el cual la Casa Blanca y sus oficiosos aliados desatarían esta tormenta perfecta.

El estrenado Presidente de la Asamblea;  Ramos Allup, en medio de una especie de shock esquizofrénico, hacia su primer movimiento de tablero, su primera jugada: Retiraba del hemiciclo los cuadros del Libertador y del Comandante Chávez y anunciaba envalentonado que el gobierno de Nicolás Maduro tenía fecha de vencimiento. Como un bíblico profeta en tiempos de Moisés, Ramos soltaba a los cuatro vientos que en 6 meses a partir de aquel momento, Maduro seria historia. Es inevitable sonreír maliciosamente…

Mucha agua ha corrido debajo de este puente. Guarimbas, conspiraciones, intentos frustrados de magnicidio, asombrosos aquelarres mediáticos, inusitadas y absurdas sanciones diseñadas para asfixiar al pueblo venezolano, descabelladas medidas en contra de altos funcionarios del gobierno, cónclaves internacionales de los canallas de siempre, bloqueos comerciales, traiciones de aliados extranjeros que llegamos a creer incorruptibles, fallidos intentos de golpes político-militares, y gobiernos de derecha en el continente y en el mundo entero conspirando sin tregua y con cada vez mayor ensañamiento

Pero la más infausta y dramática pesadilla no llegaría hasta la aparición de un personaje anodino y prescindible. Un desconocido, diputado por Vargas (hoy La Guaira) de ambiente gris y proceder mediocre, seria catapultado a las primera páginas del rating mundial al proclamarse a sí mismo “Presidente Interino de Venezuela”

 

El resto es historia. Lo particular aquí es que un miembro del parlamento irrumpe impertinentemente en la vida del país para mantener la pretensión psiquiátrica de que es, de alguna manera, Presidente de la nación. Los EE.UU., en una de sus jugadas más arriesgadas y peregrinas, brinda un apoyo monolítico al diputado Guaidó y a su guardia pretoriana. Ninguna nación del planeta ha experimentado jamás algo así. Guaidó, vía Casa Blanca, se hace con el control de empresas estratégicas de Venezuela en el exterior. CITGO, una importantísima empresa destinada a la refinación y distribución de combustible venezolano en Norteamérica, queda en poder de la oposición parlamentaria, al igual que Monómeros un complejo de procesamiento de material petroquímico de base accionaria colombo-venezolana, y para rematar, activos, dinero y oro venezolano en poder de la banca financiera mundial, pasan a manos de Parlamentarios sin escrúpulos.

Así comienza una parranda de corrupción, que llega a ver desfilar episodios que incluyen drogas, prostitución y borracheras, despilfarro, lujo y excesos suntuarios, e incluso, con familiares de los diputados venezolanos viviendo a todo tren en el exterior y adquiriendo mansiones, empresas y bienes de todo tipo.

 

En un inesperado giro de los acontecimientos, la defenestración de Guaidó se avecinaba, empujada por quien menos se pensaba. El Presidente de la Asamblea Nacional no vio venir el golpe. Habían presionado el botón equivocado, y habían acusado a los personajes equivocados. Súbitamente, las victimas se convertían en victimarios, deslastrándose de las acusaciones de corrupción y limpiando su nombre ante el País. Los disidentes dieron una lección de astucia y sagacidad política, al madrugar a la directiva con una sesión que, más allá de lo accidentado de la jornada, cumplía todos los requisitos establecidos en el reglamento interno de la AN, y lo que es más importante, contaban con los votos necesarios para dar una voltereta magistral a la historia.  Dentro de poco tiempo, la Casa Blanca haría, lo que bien sabe hacer.

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