Lo escribió Mario Benedetti y lo declamó en la Unasur el comandante Hugo Chávez. Pero no hicieron caso al poeta ni al cantor, quien nunca callará. De nuevo los pueblos oyen el susurro de la voz del Che en la carta a sus padres: “Otra vez siento bajo mis talones el costillar de Rocinante, vuelvo al camino con mi adarga al brazo”. Otra vez la proclama de José Félix Ribas frente a sus bisoños soldados: ¡Necesario es vencer!

Durante el golpe contra el presidente Salvador Allende cayó un venezolano –en toda gesta, siempre hay un venezolano-, el estudiante Enrique Antonio Maza Carvajal. Para la fecha, teníamos la misma edad: 24 años. Y el mismo sueño. Ese día, yo estaba en una concentración pro Chile frente a la casa del Libertador, con un libro apretado contra el pecho: Residencia en la tierra, de Pablo Neruda. Ese día, a Enrique lo alcanzó una bala perdida con destino.

Era yo un veinteañero que se creía poeta y hacía un taller literario dirigido por Antonia Palacios y Oswaldo Trejo. Cierta tarde abrileña se aparecieron con un señor que tomó asiento como uno más en el mesón y dijo sonreído: “¿Cómo están, soy Mario Benedetti?” Otro día les cuento lo que nos contó aquella tarde tan bonita. Lo volví a ver muchos años después, abrazado con Hugo Chávez.

Estos recuerdos se me vienen en tropel con el despertar del Sur, cuando parecía que habían dejado a Venezuela tan solita. Y justo entonces, viene la voz de Mario Benedetti y nos alumbra: “Nunca damos las noches por perdidas/ si en la aurora despuntan los rocíos”. Y nos llega desde el estadio y sus torturas la voz de Víctor Jara sacudiendo todo el Sur: Quito, Bogotá, Lima, Buenos Aires, Santiago, pueblos que ninguna Escuela de Mecánica ni Operación Cóndor pudieron borrar como creyeron.

Antier, camarada Mario Benedetti, los tanques volvieron a vulnerar las calles de Santiago y Valparaíso; las balas perdidas encontraron su destino en los pechos y vientres indígenas en Quito y Guayaquil; otra vez la oligarquía colombiana escuchó la última proclama de Gaitán, en 1948. Y por entre la pólvora y el humo, frente a una Venezuela amenazada por propios y extraños “con todas sus malditas opciones”, escuchamos tu voz clara, como lloviendo: “Nunca damos las noches por perdidas/ si en la aurora despuntan los rocíos”.

Profesor universitario

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