Por: Alberto Aranguibel

Enrique de Villena sostiene en su Tratado de aojamiento o fascinología, que “es un enemigo oculto y desconocido el que causa el mal de ojo, fascinando con una fuerza misteriosa a través de la mirada. Y esto es así, en sentido enigmático, por entender que no es preciso que la mirada del fascinador penetre en los ojos del fascinado, sino que la mirada actúa como envolvente, y surte efecto incluso sobre personas que no tienen ojos”.

Pudiera entonces explicarse así el ya nada casual estado de desgracia en el que inevitablemente caen todos aquellos que de una u otra forma aparecen retratados junto a la Sayona del Ávila, como se le conoce hoy en todo el país a la esposa del líder terrorista Leopoldo López.

Si los maleficios conocidos por el ser humano son usualmente atribuidos a los espectros de la más profunda oscuridad de la noche, Lilian Tintori pasará a la posteridad como la única entidad cuyo pérfido efecto se difunde sin límites ni fronteras incluso a plena luz del día, precisamente porque el embrujo de su pava no aflora al contacto con ella, sino que se incuba en los píxeles de una atemporal fotografía.

No cabe ya duda alguna acerca de lo peligroso que es tomarse una foto junto a la Tintori. Ella misma ha preferido sacarle el cuerpo al asunto dejando a la libre interpretación del mundo la veracidad o no de lo que definitivamente se ha convertido en el maleficio contemporáneo de mayor resonancia de todos cuantos se conocieron en nuestra historia desde los tiempos de la colonia, en virtud de lo cual no ha ofrecido nunca ningún tipo de declaración al respecto.

Sin embargo, es menester ir más a fondo en otros rasgos comunes de las víctimas de tan proverbial maleficio fotográfico, como lo son la corrupción, la depravación y la inmoralidad que suelen estar asociadas a ellas.

Se trata, en definitiva, de la más acabada conjunción de malvivientes, desfalcadores, degenerados y embaucadores de profesión que se conozca en nuestro territorio, pero también y muy especialmente en los ámbitos de la derecha más allá de nuestras fronteras, convertidos por obra y gracia de la parapolítica en amigos predilectos de la interfecta.

Más allá del fenómeno sobrenatural, está el hecho incontrovertible de que son todos unas sabandijas. Esa es su naturaleza.

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