Y silencio prosaico. Pero primero el lírico:

Cuentan que una vez se hizo un silencio escalofriante antes de que el inmenso torero Juan Belmonte compareciese en el ruedo. Su mozo de espadas comentó conmovido:

—¡Qué silencio!

—Sí, pero mejor es no decirlo— respondió el diestro, que por mor de buen torero era sabio.

El silencio es una poesía desconcertante, porque se escribe sin palabras y se destila de ellas, que le otorgan su calidad. Las mejores palabras extraen su exquisitez del silencio. Por eso Juan Mayorga ha dicho: “El silencio, frontera, sombra y ceniza de la palabra, también es su soporte” (discurso de ingreso a la Academia Española de la Lengua, 19 de mayo de 2019). Antonomasia de las palabras, el silencio las circunda de dignidad y sentido.

Sin silencio no hay palabra que valga lo que tiene el deber de valer. Si las palabras van a triturar el silencio, más les vale tener el valor de valer. Porque también hay palabras que sirven para no decir, como los discursos de orden, por eso aburren, porque, decía Wittgestein: “De lo que no se puede hablar lo mejor es callar”. Y sabiamente son las últimas palabras de su Tractatus logico philosophicus. Atesoro y procuro escuchar esos puntos suspensivos inagotables como lo más lúcido de ese tratado, como su elocuente conclusión —aunque mejor es no decirlo.

Hasta aquí esta osadía poética. Abro paso a lo prosaico, a lo zafio, al silencio chabacano y soez que rodea el incidente de Juan Guaidó con Los Rastrojos, esa banda que extrajo de la irrepetible existencia humana lo más exquisito de la infamia, la mística de lo peor humano, lo más repulsivo de que somos capaces como gente. Dicen que las fotos sucedieron cabe una casa de piques —de descuartizamientos— de la banda, o de la empresa, como la llama Nandito, uno de sus excabecillas, a quien en represalia por sus delaciones sus excofrades asesinaron padre y madre, hermana y hermano. Mística, beatitud y veneración del horror en su delgadez esencial.

Hasta ahora hicieron contorsiones vertiginosas para soterrar sus tropelías. Ha poco confesé en un tuit que tenía una curiosidad insalubre y sádica por el retorcimiento escalofriante que ensayarían esta vez ante pruebas tan explosivas. No contaba con este envilecimiento globalizado del silencio.

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