No deja de ser un acontecimiento desconcertante en el mundo de la política, que un personaje pusilánime como Juan Guaidó, salido de la nada y sin el más mínimo temple o robustez intelectual para asumir con fuerza propia el inmenso compromiso del liderazgo que exige la compleja coyuntura por la que atraviesa el país, se mantenga tan firme en la idea de que, tal como él lo percibe, a medida que pasan los días, las semanas y los meses, estaría cada vez más a punto de hacerse de la primera magistratura nacional.

Nadie habituado al fragor de la batalla cotidiana entre la política y los medios de comunicación entiende ese nivel de serenidad que transmite en sus comparecencias ante las cámaras el antiguo “autoproclamado” (ahora “diputado rastrojo”) después de tantos traspiés y tantas chapuzas como las que él ha acumulado en tan corto lapso.

Existiendo, como seguramente existen en su equipo de asesores, los infaltables “expertos en imagen” que dictaminan a diestra y siniestra la conveniencia de insólitos perfiles más de corte mercadotécnico que de tipo político para el pueril aspirante a presidente, debe haber alguno que haya logrado posicionar como lema de su campaña el viejo apotegma de Wilde: “Hay solamente una cosa en el mundo peor que hablen de ti, y es que no hablen de ti”.

El origen de tal insensatez está sin lugar a dudas relacionado con su proverbial propuesta de la destrucción del país a través del estallido social y el derrumbamiento de la economía, y en definitiva, de las estructuras del Estado como requisito indispensable para hacer realidad su proyecto de alcanzar el poder a como dé lugar, por encima de los procedimientos democráticos a través de los cuales les ha sido imposible conseguir el respaldo popular.

Sustentado en el odio antes que en el desarrollo de formulación ideológica o política alguna, el proyecto de la oposición asume como su triunfo el padecimiento y la ruina del país y de los venezolanos.

De ahí que no puede ser sino a partir de esa absurda lógica del “logro inverso” como se explica que los descalabros de Guaidó, sean siempre, tanto para él mismo como para sus seguidores, indicios de una cada vez mayor proximidad al ansiado triunfo.

Desde su muy ingenua óptica, las derrotas son presagios de gloria.

@SoyAranguibel

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