En la última década, las tecnologías han logrado que las sociedades se vuelvan dependientes de ellas, automatizando las respuestas y suprimiendo el contacto, hasta visual, de los interlocutores. Las redes sociales, se han apoderado de la gran mayoría de los espacios vacíos, que dejó un cansancio por las mentiras recibidas y sutilmente han lavado los cerebros de cientos de millones de internautas, que día a día se loguean en la web, para enterarse de lo que ocurre justo fuera de sus propias ventanas.

Aparece entonces una ansiedad por estar informado brevemente, por conocer lo que es tendencia y “montarse en la ola” de lo que se está hablando, con la diferencia de que esta necesidad es somera, sin empaparse mucho de los trasfondos, ni contextos en los que ocurren ciertas situaciones. Gracias a las noticias constantes de muerte, tragedia, guerras, desastres naturales, bombardeos, incendios, regímenes gubernamentales y abusos de poder, vaticinaban el fin de los tiempos.

Siempre tendremos París

En noviembre de 2015 ocurrió un atentado en la capital de Francia, que conmocionó al mundo entero, terroristas del denominado Estado Islámico, cobraron la vida de al menos 137 personas y las banderas de ese país inundaron las redes.

Fue entonces la génesis de la solución para expiar el pecado que significaba, expresar o no, la solidaridad con respecto a un tema viral, alguna noticia o simplemente para estar “a la moda”, nacía el #PrayFor (recemos por). Cada vez que las tragedias se apoderaban de las redes, se colocaba esta etiqueta en símbolo de participación, que no denotaba un manejo profundo de lo que ocurría, sino una forma de simpatizar con el rechazo o el apoyo de la situación en cuestión. Hasta se desarrollaron aplicaciones para cambiar el avatar con el “prayfor” del día.

Charlie Hebdó, semanario francés, fue casi que crucificado por hacer gala de un humor particular, para diseñar las portadas y dibujar ciertas caricaturas, los tildaron de insensibles, poco solidarios, ofensivos y hasta atentaron contra su sede en represalia por su extrema sátira ante ciertos temas político religioso y hasta tuvieron su #JeSuisCharlie.

El reciente incendio accidental de la Catedral de Notre Dame, también en Francia, reavivó la solidaridad con este país, que ha financiado el bombardeo de museos, bibliotecas y templos religiosos en otros países.

 

Algunos portales aseguran que la idea detrás de #prayfor “es pura y buena”, y la gente podría usarla para hacer un cambio si quisiera. El problema es que publicar el hashtag y cambiar tu foto de perfil también puede hacer creer que ya se ha hecho algo útil. Muchos usuarios de las redes sociales rechazaron esto y ahora desafían a quienes publican #prayfor para que hagan una diferencia. Por lo tanto, este movimiento está experimentando una reforma que, con suerte, llevará a un mayor compromiso y desbordamiento al cambio real.

Se espera que ya no se limite a ofrecer condolencias con un uso excesivo y sin sentido, para que no ocurra cuando intentaron posicionar a Venezuela con esta etiqueta para manipular y convencer a la opinión pública internacional de una realidad distorsionada y con un fin político, que pretendía desestabilizar al país.

Pero… ¿Qué ocurría cuando la opinión pública se dividía ante el uso de esta herramienta? ¿Qué pasaba cuando el hecho tocaba fibras sensibles o temas tabú? ¿Qué sucedió cuando ya no era adecuado, o considerado suficiente para salvar su alma, con el uso de un hashtag? ¿Se había prostituido o desvirtuado una buena intención para sacarle provecho a una desgracia ocurrida en tal o cual país? ¿Por qué se pedía rezar por unos y no por otros?

 

Con rezar no es suficiente

Comenzaron a surgir otros temas por los cuales también se tenía que rezar, pero que se había pasado por alto, o sencillamente no eran suficientemente rentables para el marketing mediático del momento.

Países como Siria, Libia e Irán, que padecían (y padecen) los embates de una guerra asimétrica, injusta y desmedida, no aparecían en la lista para calificar ante la fulana etiqueta, a pesar de que las cifras de fallecidos superaban a las otras.

La desidia y poca atención en países en los que la naturaleza se había cobrado todo el daño que recibe, como Haití o varios países africanos que carecen de agua potable y la hambruna es extrema, tampoco.

Casos como los asesinatos de afroamericanos en manos de policías abusivos, en Estados Unidos, tampoco eran candidatos para el rezo masivo en las redes. Se desató entonces un gran debate y una pugna entre etiquetas y los hashtag eran sucedidos por temas que también debían ser resaltados, atendidos, destacados.

La solidaridad había dejado de ser automática y coyuntural, para convertirse en una oportunidad para conocer sobre ciertos tópicos obviados adrede por las grandes corporaciones de medios.

 

No hay forma de detener las tragedias, desastres naturales, accidentes aéreos, ni atentados terroristas, pero se puede incentivar en las generaciones futuras, a investigar la historia, contrastar realidades, contextualizar, sopesar en la balanza las partes en conflicto, ver la foto en grande, para poder unirse a los diferentes bandos entre los que se encuentra la fiesta de los que juzgan o la de los que prefieren seguir indiferentes y ajenos a lo que sucede afuera de la ventana.

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