Por: Alberto Aranguibel

La noticia de la crisis que padece hoy en día la población norteamericana con el altísimo costo de la insulina es pasajera. No trasciende el titular de mediano calibre en ningún medio de Estados Unidos, porque los tiroteos que se suceden de manera intempestiva casi a diario en ese país no permiten la permanencia de un “refrito” sobre los diabéticos (que son miles, pero que no dan raiting) en la primera página.

La brutalidad policial contra los ciudadanos comunes que no han cometido ningún delito, ya es tan usual que no se incluyen nunca en ninguno de esos medios de comunicación que no comunican, sino lo que le sirve al sistema capitalista y nada más. Por ser noticia vieja, tampoco es registrado el padecimiento de los miles de habitantes de la calle que proliferan en las ciudades de la que un día fuera llamada “la más grande potencia económica del planeta”.

Entre un suceso y el otro, se da cuenta de una terrible realidad de problematización de la vida que de manera cotidiana golpea en la cara a esa nación, y que en el mundo capitalista en general se comporta más o menos de la misma manera.

Problemas similares a los que padecen los países latinoamericanos, que sin haber sido sometidos nunca a los severos rigores de un cerco económico, de una guerra mediática de descalificación y de alarma política permanente, de un abusivo y desenfrenado saqueo mediante contrabando de extracción y de manipulación cambiaria de su moneda, o de un proceso inflacionario inducido por la especulación y la usura criminal de sectores golpistas que atenten aviesamente contra su democracia, no logran superar la tragedia del indetenible ensanchamiento de la brecha entre ricos y pobres, como la superó Venezuela en los mejores años de la Revolución Bolivariana.

Pero ninguno de esos países está en crisis. Y no lo están por una sola razón: lo que en Venezuela llamamos crisis no es a esos fenómenos propios de las sociedades contemporáneas, sino a la imposibilidad de una oposición terca, tozuda y reaccionaria, de llegar al poder por la vía electoral.

De ahí que la absurda idea de solución que la oposición presenta es que solo ella debe existir como opción política en el país. ¿Hasta cuándo la oposición va a seguir pretendiendo que su crisis interna sea un problema nacional?

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