Al padre Numa Molina

“Cuando nos levantábamos, aquella mujer multiplicaba la masa de maíz para que nosotros, sus doce hijos, desayunáramos. Siempre me quejé de que no me hacía cariño. Años después entendí que esa mujer, mi madre, heroína de la cotidianidad, frente al budare y sobre sus piernas llenas de racimos de varices, cada vez que amasaba la harina nos acariciaba”. Esta historia me la contó un amigo de luchas.

Los pobres, es decir, la mayor parte de la población mundial enajenada por un modelo civilizatorio impuesto por el Estado Liberal Burgués, han renacido muchas veces desde el fondo de estrellas derrotadas y han reconstruido el hilo de las eternidades que poblaron con sus manos. Esas mujeres se cansaron de cargar tobos de agua por escalinatas que subían al cielo. Ellas convertían los frascos de mermelada en vasos, y una panela de jabón azul era dividida en cuatro jabones que tenían que durar mucho tiempo.

Hacer mercado significaba recoger las mejoras sobras, de eso dependía la alimentación de todos. Si el papá existía, sólo se le veía cuando llegaba reventado de cansancio por tanta explotación, en muchos casos llegaba ebrio.

Simón Rodríguez conoció el hambre, conoció el rechazo por ser expósito. Vivió en una sociedad esclavista y en Europa conoció los estragos de la Revolución Industrial. Por eso vuelca todo su cargamento ético, espiritual y epistémico a la opción por los pobres. Sabe cómo actúan los países colonialistas formados por “pueblos viejos, cultos, ricos, poderosos”, ésos que “llaman prosperidad una opulencia fundada en el apocamiento de las clases que tienen oprimidas”, ésos que “piensan, al mismo tiempo, en prohibir el matrimonio a los pobres, para que no procreen (ni como proletarios quieren que gocen de los bienes de la vida social)”.

Los que otrora fueron pobres y formaban parte de las masas, escondidos en surcos de miseria hoy son pueblo, tienen la jerarquía de la silenciosa vasija de arcilla, de la muñeca de trapo, del papagayo hecho con bolsa de tintorería, de la canción necesaria. Sus hijos ya conocen el niño Jesús en las navidades.

Hoy son millones y forman los ejércitos populares de los movimientos sociales. Son milicianas y milicianos. Son actores, participan y protagonizan la revolución. Tienen voz y voto porque agradecen en su infinito amor patrio que una vez, aquel niño expósito nacido en Caracas el 28 de octubre de 1769 se paró firme ante tantos años de injusticia y clamó a la humanidad: “todos huyen de los pobres, los desprecian o los maltratan, alguien ha de pedir la palabra por ellos”.

Prof. Alí Rojas Olaya.

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