Los primeros cuatro meses del 2019, nos han traído de todo, menos calma; y aunque no se han logrado concretar los planes injerencistas y diariamente se sufren los embates de una guerra sin cuartel, no cabe duda que las acciones ensayadas en Venezuela, dejan ver una nueva etapa en la forma de ejercer la política y la diplomacia, que impacta no solo nuestras fronteras, sino al mundo entero.

Las presiones no cesan

Se cumplieron tres meses de aquella autoproclamación, que prometió poner fin al gobierno de Nicolás Maduro y que hasta ahora suma fuertes dosis de frustración, no solo para la dirigencia y la militancia opositora, que comienza a ver las contradicciones y falacias alrededor de la figura de Juan Guaidó, que cada día muestra menos argumentos y autonomía en sus acciones; sino para sus amos de norte, que han invertido dinero y tiempo en este nuevo ataque, y que diariamente inventa nuevas formas de presión, que atentan contra el derecho internacional y amenazan las diversas dimensiones de la vida de los venezolanos y venezolanas; pero que paradójicamente lejos de debilitar el chavismo, parecen ayudar a la acumulación de fuerzas y moral, necesarias para mantenerse en el poder.

Nuevos polos

Las constantes denuncias y temores de EE.UU y de sus operadores políticos nacionales, referentes a la relación de Venezuela con Rusia; parecen estar bien fundamentadas, pues la correlación de fuerza gira cada vez rápido, justificando el empeño del imperio norteamericano en decadencia, de ampliar o recuperar territorios y recursos que garanticen su poderío; y esta vez Rusia vuelve a tomar un papel central en la geopolítica internacional, acercándose a los gobiernos históricamente atacados, lo que para muchos podría resultar una provocación, pero que sin duda resulta una muestra de fuerza y capacidad de dialogo, que abre la posibilidad a nuevos polos de poder.

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